LA DOMESTICACIÓN
Cuando alguien se casa comienza otra vida fuera del hogar paterno. Es una celebración y un momento hermoso, la pareja en su nuevo espacio y en su nuevo tiempo. Desayunan, comen, duermen juntos. Disponen a su gusto los muebles, los horarios, las reuniones con amigos. Irse de la casa de papá y mamá, con el condimento de la juventud y la posibilidad de emprender acompañado una vida distinta, tiene el sabor de una gran aventura.
Con el tiempo todo empieza a cambiar, lo que tuvo el sabor de una conquista empieza a transformarse en la creación de un tratado de convivencia civilizada. No tengo nada contra la buena convivencia, pero cuando las normas empiezan a tener el peso de lo obligatorio, se entra en un proceso de domesticación que inexorablemente atenta contra lo esencial del ser humano: el deseo de aventura. Y tal vez esto sea necesario, es decir, para crear una familia como para sostener los cimientos de toda institución, hay que adaptarse, someterse, encasillarse.
Antes sólo se consideraba el deseo de aventura y de conquista en el hombre. Y aún hoy se continúa considerando como algo más legítimo o más natural del género masculino. Aunque, por lo menos en occidente, se entiende que la mujer elije y toma rumbos diversos. Estos condicionados en ambos géneros, por su situación social, económica, ideológica, así como por el imaginario social.
Veamos, vivimos en un mundo lleno de riesgos, de crueldad, competitivo y anónimo. Es más saludable la salida exogámica: vivir en forma independiente de los padres o crear el propio hogar. Del primer modo se puede acceder a una gama amplia de aventuras manteniendo el cobijo de los padres. Que el joven viva solo y dependa de sí mismo requiere de un mayor grado de autonomía. Si se lucha junto a alguien se está más acompañado.
Pero yo quería llevarlos a otra cuestión que es no sólo la lucha por ganarse la vida y mantenerse por medios propios, todo lo que hace a la autonomía e independencia del ser humano; sino también a sus consecuencias: el precio de vivir de un modo institucionalizado. Familia, trabajo, normas sociales, formas de vida que van desde tener una mutual hasta festejar un nacimiento, van convirtiendo al hombre (ambos géneros) en un ser adaptado, instalado, acomodado. Ajustado al engranaje de un sistema perverso que ahoga impulsos, sueños, deseos de rebelión, formas de expresión, aspiraciones del ser.
Puede que la democracia sea la mejor forma de convivencia pese a sus defectos, puede que la familia sea la mejor estructura en la que puede una pareja consolidar vínculos y los hijos recibir afecto y desarrollar hábitos. Puede que los lugares de trabajo: empresas, instituciones estatales, sistemas de seguridad, sea la única forma posible y adecuada en la que el ser humano tenga cierta posibilidad de acceder a la civilización. No obstante tengo la certeza que todo esto provoca también un gran deterioro de las mejores condiciones del ser humano, socava cierta forma de vibrar del alma con la que sólo el ser humano podría acceder a cierta plenitud , a cierta alegría o felicidad exenta de convencionalismos, de dogmas, de viscosidad. Veda el acceso a la verdadera aventura de vivir.
De ahí que esa anarquía esté siempre viva en la utopía como una bandera en el corazón o un gran anhelo. De esa anarquía nace, tal vez, el sentido del arte y de las revoluciones y el amor más vivo, más auténtico a la humanidad.
Con el tiempo todo empieza a cambiar, lo que tuvo el sabor de una conquista empieza a transformarse en la creación de un tratado de convivencia civilizada. No tengo nada contra la buena convivencia, pero cuando las normas empiezan a tener el peso de lo obligatorio, se entra en un proceso de domesticación que inexorablemente atenta contra lo esencial del ser humano: el deseo de aventura. Y tal vez esto sea necesario, es decir, para crear una familia como para sostener los cimientos de toda institución, hay que adaptarse, someterse, encasillarse.
Antes sólo se consideraba el deseo de aventura y de conquista en el hombre. Y aún hoy se continúa considerando como algo más legítimo o más natural del género masculino. Aunque, por lo menos en occidente, se entiende que la mujer elije y toma rumbos diversos. Estos condicionados en ambos géneros, por su situación social, económica, ideológica, así como por el imaginario social.
Veamos, vivimos en un mundo lleno de riesgos, de crueldad, competitivo y anónimo. Es más saludable la salida exogámica: vivir en forma independiente de los padres o crear el propio hogar. Del primer modo se puede acceder a una gama amplia de aventuras manteniendo el cobijo de los padres. Que el joven viva solo y dependa de sí mismo requiere de un mayor grado de autonomía. Si se lucha junto a alguien se está más acompañado.
Pero yo quería llevarlos a otra cuestión que es no sólo la lucha por ganarse la vida y mantenerse por medios propios, todo lo que hace a la autonomía e independencia del ser humano; sino también a sus consecuencias: el precio de vivir de un modo institucionalizado. Familia, trabajo, normas sociales, formas de vida que van desde tener una mutual hasta festejar un nacimiento, van convirtiendo al hombre (ambos géneros) en un ser adaptado, instalado, acomodado. Ajustado al engranaje de un sistema perverso que ahoga impulsos, sueños, deseos de rebelión, formas de expresión, aspiraciones del ser.
Puede que la democracia sea la mejor forma de convivencia pese a sus defectos, puede que la familia sea la mejor estructura en la que puede una pareja consolidar vínculos y los hijos recibir afecto y desarrollar hábitos. Puede que los lugares de trabajo: empresas, instituciones estatales, sistemas de seguridad, sea la única forma posible y adecuada en la que el ser humano tenga cierta posibilidad de acceder a la civilización. No obstante tengo la certeza que todo esto provoca también un gran deterioro de las mejores condiciones del ser humano, socava cierta forma de vibrar del alma con la que sólo el ser humano podría acceder a cierta plenitud , a cierta alegría o felicidad exenta de convencionalismos, de dogmas, de viscosidad. Veda el acceso a la verdadera aventura de vivir.
De ahí que esa anarquía esté siempre viva en la utopía como una bandera en el corazón o un gran anhelo. De esa anarquía nace, tal vez, el sentido del arte y de las revoluciones y el amor más vivo, más auténtico a la humanidad.
